El rio
Le vi por primera vez un 24 de agosto, una noche que estaba de borrachera con unos conocidos. Él caminaba rápido por calle Arenal, la mirada al suelo, la cara enfadada, las manos enfundadas en los bolsillos. Para mí, no cabía duda. Le reconocí sobre todo por ese abrigo marrón que llevaba, ese horrible abrigo que mi madre me había comprado hacía 5 años y que nunca me gustó. Me quedaba grande, me hacía parecer gordo y, además, me daba un aspecto ridículo. Las gafas también eran inconfundibles: feas, demasiado grandes para mi rostro y con un estrato de mugre en las lentes. Yo me quedé allí parado, y hice caso omiso de los gritos de mis conocidos para que les alcanzaran, ya que acababan de ver a dos tías macizas que parecían estar solas. Yo iba bastante mamao, así que no me dio tiempo reaccionar y seguirle. Él desapareció pronto de mi vista, metiéndose en un callejón, pero en mi retina quedaba clara la imagen que acababa de ver. Me di la vuelta y me fui hacia mis amigos, pero esa noche ya no conseguí disfrutar del alcohol ni de la música: acababa de ver una imagen de mi mismo que caminaba por la calle, y esto me dejaba algo inquieto.
En los días siguientes, y a mi pesar, la cosa se repitió demasiado
a menudo. Los clones, si así se podía llamar, de mí estaban por
todas partes: los veía en el metro, en el parque cerca de mí casa,
en el supermercado haciendo las compras. Siempre aparecía uno a la
vez, y lo más inquietante de todo era que no era siempre lo mismo.
Se parecían sí a mí, pero en distinta etapas de mi vida. Era como
ver un álbum de fotos: aquí está Francisco a los 25 años, aquí
Francisco durante las vacaciones del 2001, cuando tenía 26, aquí
Francisco en la terraza de un bar a los 27 años etc… Les
reconocía por la ropa que llevaban, sobre todo, ya que eran abrigos
o camisetas que había usado durante una temporada, y las ropas que
llevamos nos queda grabada en la memoria mejor que nuestras caras, ya
que no pasamos el día mirándonos en un espejo. Así mismo, estaba
dispuesto a apostar que había también a copias de mi mismo niño,
pero en estos casos no podía estar seguro, ya que tenía recueros
borrosos de mi infancia.
En un principio, llamé estas
apariciones “fantasmas”. Me parecía el término adecuado, y pasé
horas en internet buscando casos parecidos al mío. Pero mi búsqueda
fue inútil, porque al parecer nadie había tenido una experiencia
parecida. Con el pasar de los días, la cosa empeoró. Ya no podía
pasear por la calle, ni asomarme a la ventana, porque cuando lo hacía
allí estaba él, la reproducción exacta de Francisco, un Francisco
más joven, que llevaba ropa que estaba en la basura desde hacía
años. Ellos, las copias, no parecían enterarse de mi presencia, ni
me miraban, y seguía por su camino. Empecé a tener miedo de estar a
punto de volverme loco, así que tomé la decisión de ir a ver un
especialista. No quería hablar de locura, pero temía que no había
otra definición para lo que me estaba pasando.
El estudio del psicólogo era acogedor, las sillas cómodas y las
tarifas baratas, cosa que nunca viene mal. El psicólogo, el Doctor
Ramón de la Cuadra, era un chaval joven, incluso más joven que yo.
Habrá tenido unos 27 años, y por un lado me sentía incomodo a ser
atendido por una persona más joven que yo; por otro lado, mis
finanzas no daban para más, así que adelante con el joven
psicólogo.
“Muy bien, Francisco, dime: ¿por qué has venido a
verme” El tono del doctor era firme pero al mismo tiempo cordial, y
esto me ayudó mucho a relajarme.
Le conté la historia de los dobles, intentando no usar palabras como “clon” o “fantasma”, ya que no quería que pensara que había salido de una peli de serie B (o de un manicomio, que era peor…). Le hablé de estas alucinaciones que tenía, y de cómo de vez en cuando me cruzaba por la calle con personas que se parecían a mí, mejor dicho se parecía a mí en las varias fases de mi existencia. Yo hablaba y hablaba, y el doctor escuchaba sin decir palabra. Yo me relajé, tal vez demasiado, y empecé a contarle que justo el día anterior, había visto a un chaval que jugaba en un parque, y habría jurado que se parecía a mí cuando tenía 6 años.
“¿Y cómo lo sabes?” preguntó el doctor “Es difícil que recuerdes que aspecto tenías cuando eras tan joven”
Yo me callé un rato, después le contesté:”Por el gorro, un horrible gorro de algodón que me hizo mi abuela justo antes de morirse. Odiaba a ese gorro. Era negro, y cada vez que lo miraba no podía evitar de recordarme la imagen de mi abuela en su lecho de muerte, pálida y fría. Ese gorro era para mí como un maldito cuervo que quería posarse sobre mi cabeza, para robar mi alma como había hecho con la de mi abuela. Pero mi madre me decía que tenía que ponerme ese puto gorro, y estuve un año saliendo de casa con esa cosa en mi cabeza”.
“Interesante…¿qué tal te llevas con tus padres?”
“Llevo 3 años sin hablar con ellos”
“¿Y por qué? Mejor dicho, ¿qué sentimiento sientes hacia tus padres”
Contesté rápido:”Odio…odio y asco. Odio a esos hijos de puta. No quiero volver a verle en lo que me queda de vida. Nunca más, nunca más…”
“Muy bien, se acabó la hora. Si te parece, nos vemos la semana que viene. Me gustaría…meditar sobre tus palabras, ¿de acuerdo?”.
Le estreché la mano, y me fui, no sin antes tomar cita con su secretaria para la semana siguiente. Nada más salir del despacho, vi a uno de ellos, un Francisco de hacía 10 años por lo menos, un veinteañeros con la cara llenas de grano y una mirada triste en los ojos. Todas las copias que veía tenían una mirada triste:¿había sido tan mala mi vida?
La semana siguiente fue muy complicada. No sólo veía las copias a diario, sino que ahora ya no tenía dudas sobre su identidad. Demasiados particulares coincidían: la ropa que llevaban era la misma que había llevado yo un tiempo, la cara reflejaba el mismo estado de ánimo que había tenido yo en un dado momento, las gafas cambiaban según las cambié yo a lo largo de los años. Era como asistir a un desfile, una exhibición de cómo un hombre había cambiado a lo largo de los años: el pelo más corto, las espaldas más encogidas, la barriga más inflada a causa de demasiadas cervezas. De vez en cuando, intentaba acercarme a uno de ellos, pero era imposible siempre: siempre aparecía de repente y en una posición inalcanzable para mí: en un bus en movimiento, en un coche, en la acera de enfrente cuando el semáforo para cruzar estaba rojo. Parecía que quería mostrarse, pero al mismo tiempo evitar cada contacto conmigo. Un día incluso intenté cruzar un avenida para alcanzar una copia que miraba un escaparate, pero todo lo que conseguí fue que un coche casi me atropelló. El conductor bajó blasfemando, y mientras yo le pedía disculpas la copia desapareció, tragada por la muchedumbre que paseaba por la Gran Vía de Madrid.
El martes sucesivo fui a ver otra vez al Doctor Delcuadra. Cuando me preguntó qué tal estaba, le contesté que muy mal, porque seguía viendo esos fantasmas de mi mismo por todos lados, a cualquier hora del día. Ya no me daba corte hablar de fantasmas, porque sabía que mi cordura mental estaba en juego. Los últimos años había sido muy duros para mí, tanto a nivel familiar como laboral, y no me extrañaba que mi mente hubiera sufrido algún tipo de daño:”No tengo miedo a reconocer que me estoy volviendo loco, doctor” le dije “ Todo lo que quiero es una respuesta. No puedo seguir viviendo así, acechado por esos malditos fantasmas. Si me estoy volviendo loco, pues mejor reconocerlo y tomar la justas medidas.”
“El tuyo es un caso raro, Francisco” contestó él, siempre con esa voz tranquila “Nunca escuché una historia parecida. Las alucinaciones son frecuentes en pacientes con problemas mentales, pero en tu caso hay muchas cosas que no me convencen. Por ejemplo, en casos de delirios alucinatorios la gente sufre brusco cambios de carácter, o repentinos ataques de agresividad o pasividad. Tú me pareces que estás afrontando todo esto con bastante tranquilidad, como si tu mente intentara racionalizar estos hechos en apariencia inexplicables. Te diré más, me asombra tu intento de encontrar una explicación plausible a estos hechos. Creo que un psiquiatra te vendría bien, pero sólo para recetarte ansiolíticos para que estés más tranquilo. Todo el problema está en parte allí” y indicó mi cabeza “pero sobre todo en tu pasado. Es la única razón que explicaría las visiones de ti mismo más joven. ¿Estás satisfecho con tu vida actual?”.
Tardé un instante a contestar a esta pregunta, ya que el repentino cambio del tema de la conversación me pilló desprevenido; después contesté:”No, mi vida actual es una mierda”.
“Y cuéntame algún recuerdo bonito de tu pasado, un instante inolvidable…”
Me quedé en silencio, no sabiendo que decir.
“Ya veo” dijo el doctor ”¿No tienes nada que contarme? Un buen momento, algo que te hizo sentir feliz…”
“Nada” contesté con voz cansada” Nada de nada. Si miro atrás, sólo veo soledad, rencor y odio…”
“¿Odio hacia quién?”
“Mis padres…mis padres me jodieron la vida”
“Entiendo” dijo el doctor, y apuntó algo en su cuaderno “Si no tiene nada bueno que contarme de tu pasado, ¿por qué no hablamos del futuro? De tus planes, tus sueños…”
“Es que no tengo, doctor. No tengo nada…soy un hombre vacio. No tengo nada. Si miro hacia atrás, sólo veo la obscuridad de la soledad y del rencor; y se miro hacia adelante…bueno, veo más soledad y rencor. Mis padres …”
El doctor me interrumpió:“Francisco, no puedes seguir viviendo dando la culpa a tus padres. Ellos ahora no están aquí. Tienes que olvidar tu pasado, y vivir con serenidad el futuro. Es el momento de poner una barrera entre tu Yo anterior y tu Yo futuro. Estas visiones no son otra cosa que proyecciones de tu mente, que no consigue desengancharse de un pasado tan doloroso. El rencor afecta tu estado emotivo, y el resultado son estas alucinaciones a ojos abiertos. Los fantasmas están en tu mente, pero los has reprimidos tanto tiempo que ahora quieren salir, y lo harán de una forma u otra. Estás jugando con algo muy peligroso: perder el control sobre tu propia mente es el primer paso hacia la locura. Olvida el pasado, borra esos fantasmas hechos de soledad y rencor y empieza, desde hoy, a vivir una vida nueva. Hoy tiene que nacer un nuevo Francisco, totalmente distinto del antiguo. Te apuntaré a un psiquiatra, porque algunos medicamentos para relajarte no te harán daño, pero quiero que cada semanas vengas a mi consulta, y que cada semana hayas dado un pasito adelante para…”
Esta vez le interrumpí yo, porque no estaba de acuerdo con lo que acababa de decir:”¿Y para usted esto es fácil, doctor? Quiero decir, ¿cómo puedo salir de aquí y olvidarme todo mi pasado, y empezar desde cero como si no tuviera recuerdos? ¿Me hace usted una lobotomía o qué?”
“Francisco” dijo él “sé que no es fácil, pero tienes que entender que tus padres ya no están aquí, y que en tus manos tienes la posibilidad de construir un futuro mejor para ti”
“Bonitas palabras, pero no estoy de acuerdo. Yo creo que el individuo, el Yo como lo definió usted, no es un ser aislado, sino la suma de los muchos Yo que una persona ha sido a lo largo de su vida. En ningún momento existe un Yo único, sino una entintad en continuo cambio que se desarrolla a través del tiempo. Pero el Yo de hace 20 años tiene una atadura con el Yo de ahora, una atadura que se llama Tiempo. El tiempo hace cambiar las personas, las hace madurar, pero el Yo actual sigue siendo una proyección de un Yo anterior. Yo, Francisco, no puedo olvidarme de lo que ha sido mi vida, porque mi pasado sigue reflejándose en mi alma en cada momento”
“Querrás decir que sigue agobiándote en cada momento. Francisco, tu visión de la vida no es totalmente incorrecta, pero obsesionarse demasiado por el propio pasado da lugar a muchas enfermedades mentales. Olvídate de todas las cosas malas que te pasaron, y empieza desde hoy a construir un nuevo Francisco que nada tenga a que ver con el Francisco de ayer”.
Me callé, pero el Doctor Delacuadra no me había convencido. Había algo más, algún aspecto de toda esta historia que no encajaba. No sabía lo que era, pero presentía que las “apariciones” tenían otro significado. Se acababa mi hora, así que saludé el psicólogo y me fui. Antes de salir, el doctor me llamó y me dio el número de su teléfono móvil:”Si hay algún problema llámame, ¿vale?” Le di las gracias, pero por un lado me sentí ofendido, porque era evidente que para el doctor Delacuadra estaba desarrollando un grave trastorno psíquico, que podía llevarme a hacer una locura.
Esa noche, hice un sueño muy raro. Me encontraba paseando por la Gran Vía de Madrid, y todos los transeúntes, todas las centenares de personas que miraban los escaparates o iban de compras tenían mi misma cara. En el sueño empezaba a correr, pero daba igual adonde iba: siempre me cruzaba con personas parecidas a mí. Toda Madrid, o quizás el mundo entero estaban poblados por clones míos, y yo corría lleno de terror pero no podía evitar de toparme con un Francisco de 3 años, o de 10, a un Yo de 20 años, con el pelo recién cortado y esa fea camiseta que me compró un día mi madre. Me desperté sudando, con el corazón que latía fuerte y una sensación de miedo como nunca había probado antes en mi vida. Me levanté, encendí la luz y pegué un grito, ya que allí, enfrente de mí, a unos pocos metros de distancia, había una copia exacta de mí. Era mi imagen que se reflejaba en el espejo, pero el horror de esa visión me hizo llorar de desesperación: ¿y si tuviera razón el doctor, y me estaba simplemente volviendo loco?
El día después pedí la baja del trabajo. En las semanas
siguientes, intenté salir de casa lo menos posible, justo para hacer
las compras. Pero cada vez que me asomaba a la calle, allí estaban:
copias de mí, reflejos de un Francisco más joven. Me extrañó un
poco que los “clones” siempre eran más jóvenes que yo, pero al
fin y al cabo era normal: si hubiera visto una copia de cómo iba a
ser dentro de 10 años, ¿Cómo hubiera podido reconocerme?
Llegué
a tal punto que ya ni encendía la tele, porque entre los transeúntes
que las cámaras grababan en los telediarios siempre vislumbraba una
sombra fugaz que sabía a quién se parecía.
Mi vida se había convertido en un horror, hasta ese día primero de mayo. Ese día me desperté relajado, y esto era algo raro debido a lo agitado que había estado últimamente. Incluso me atreví a asomarme a la ventana, y con gran alivio vi que las calles estaban desertas. Primero de Mayo…desde que era niño, siempre había ido a pasarlo al Parque del Retiro. Era una tradición de mi familia, e incluso cuando crecí y peleé con mis padres, seguía teniendo la costumbre de pasar el primer de mayo al Retiro. Podía decir que no me había saltado uno…Fue entonces cuando tuve la idea: me vestí, y fui corriendo hacia el metro, para ver si mi intuición se revelaría correcta…
Bajé de la metro en la parada Retiro, y cuando salí al aire libre vi que el parque estaba lleno de gente. Por todos lados se veían familias paseando, niños jugando con pelotas, gente haciendo deporte o ancianos sentados en los bancos charlando animadamente. Y claramente estaban ellos. El primero le vi nada más salir del metro, a escaso 50 metros a mi derecha: un Francisco joven, de unos 24 añitos más o menos. La cosa más rara era que esta vez la copia sonría feliz, y en cuanto me vio levantó la mano como para saludarme. Mecánicamente contesté al gesto, y empecé a caminar al lado del Estanque. Y ellos estaban por todos lados, mezclados en la muchedumbre. Copias infinitas de mi mismo, que caminaban tranquilamente bajo el caluroso Sol primaveral. Y todas las copias sonreían, y en cuanto me veían me hacía un gesto como para saludarme. Esto no era normal. Me senté en un banco al lado de una tienda de golosinas, y marqué el número del Doctor Delacuadra.
-“Diga” contestó la voz al otro lado del aparato.
-“Doctor, soy Francisco...algo está pasando. Estoy en el Retiro, y todos ellos están aquí. Hoy es el día...”
-“¿El día de que, Francisco? ¿Qué tiene que pasar hoy? Dios míos, ¿estás en un parque lleno de gente y sigue teniendo las alucinaciones?”
-“¡No son alucinaciones! Ellos están aquí porque hoy es un día especial. Hoy pasará algo...no sé qué es, pero ellos me hicieron entender que hoy finalmente todo se aclarará”
-“Francisco, si deliras en medio de tantas personas alguien acabará con llamar a la policía. Dime donde estás, vengo a por ti”
Le dije mi posición exacta, colgué el teléfono y me senté en un banco. Delante de mí pasaba una multitud de gente, pero no tenía problemas a identificar mis clones. Incluso, estaba seguro que varios de los niños pequeños que caminaba o gateaban por allí no eran personas reales, sino replicas de mí de cuando era niño. A veces, habìa madres que iban a por ellos, pero a menudo esos críos se perdían entre la muchedumbre, y nadie parecía hacerle caso. Al mediodía, cuando el Sol era alto en el cielo y el calor casi insoportable, vi que un clone (un Francisco de 17 años, seguro: habría reconocido esos zapatos entre mil), me indicó con el dedo algo a mi izquierda. Fue el primero, después de él todos los demás pasaban enfrente de mí y me indicaban algún punto lejano, allá por la zona de las fuentes: hasta que no llegara el doctor, no podía moverme, pero se fue apoderando de mí una fuerte curiosidad para descubrir a que se referían exactamente esas visiones espectrales.
El Doctor Delacuadra tardó una media hora en llegar. Cuando por fin llegó al parque, estaba jadeando y sudado.
-“Francisco, veo que aún estás aquí. Ven, vámonos a casa” me dijo.
-“Doctor, ¿no les ve? Están allí, y allí, y allí...están por todos lados. Y quieres que hagamos los que nos dicen” e indiqué el punto lejano que los “clones” llevaban media hora indicando
-“Francisco, aquí no hay nadie, sólo decenas de personas normales y corrientes que están disfrutando de un bonito día de sol”
-“Mire allí doctor...¿no le ve?” e indiqué unas de las apariciones.
El doctor se fijó en ese chico: misma altura que yo, mismos rasgos, misma postura a la hora de caminar; simplemente, era algo más joven, unos 2 o 3 años diría.
El doctor suspiró.”Francisco” dijo, y me puso su mano en el hombro ”Ese chico sólo se parece a ti. Las tuyas son alucinaciones...lo mejor es ir a casa, y que mañana te vea un psiquiatra. Es por tu bien, entiende”
A este punto me enfadé, y grité:”Pero ¿cómo ir a ver un psiquiatra? ¿Pero es usted ciego? Están por todos lados; mire ese de allí” e indiqué uno a nuestra derecha” y el otro de allí” e indiqué uno sentado tranquilamente en un banco delante de nosotros” e incluso ese niño con esa camiseta blanca:¿no ve que son idénticos en todo y por todo a mí, excepto por la edad. Doctor, aquí quien se niega a encarar la realidad es usted”.
El doctor me dejó hablar, y miraba todas las copias que indicaba; pero negaba con la cabeza, y cuando finalmente me callé dijo en voz baja:”Deja que te lleve a casa, ¿vale?”
Su incapacidad de aceptar un hecho tan evidente como ese me hizo sentir furioso. Por un instante, no supe que decir, y mire los varios clones (o fantasmas o apariciones o le que fueran) que estaban al alcance de mí vista. Todos me devolvieron la mirada, e indicaron con el dedo de la mano derecha el punto lejano a nuestra izquierda. Me levanté pese a la protestas del doctor, y empecé a andar hacia ese punto. Me adentré en el bosque, y caminé hacia mi objetivo, que era algo indefinido cerca de unas matas. Me paré justo por delante de una mata, y el doctor me alcanzó y me dijo:”Francisco, ¿qué buscas?”
Le dije que se callara y escuchara. De detrás de la mata, se oía un ruido bajo y constante, que fue creciendo de intensidad. Miré a mi alrededor, y vi que el parque estaba desierto: sólo quedaban los clones, que nos rodeaban por cada lado, todos sonrientes. Eran unos 30, y de todas las edades: un Francisco por cada año de mi vida. Entré en la mata, y cogí algo que estaba en el suelo. Era un niño, un bebé recién nacido que aún tenía el cordón umbilical. Lo tenía en mis manos, y la voz del doctor me llegó como desde lejos, como si él se encontrara en un lugar a mil años luces de allí:”Pero Francisco...¿qué es esto...?”.Fue entonces cuando pasó. Duró un instante, pero esos segundos me parecieron más largos que la eternidad. Al principio, fue un leve resplandor, que parecía surgir de cada una de mis copias; enseguida, el resplandor se hizo más fuertes, e hilos de luz colorada salieron de los cuerpos de los clones y se dirigieron hacia el cuerpo del bebé. Era como si cada clon fuera un Sol, cuyo rayos sólo resplandecían para ese bebé recién nacido. La luminosidad creció y creció, hasta que fue tan intensa que me llegó a cegar. Cuando volví abrir los ojos, el parque estaba otra vez lleno de gente, los clones habían desaparecido, y en mis manos no sujetaba nada, sólo el aire vacio.
Desde entonces han pasado 7 años. El día después
de los hecho que acabo de contar dejé mi trabajo, y me metí a
estudiar ingeniería en la Universidad. Acabé la carrera en 5 años,
con tal rapidez y con resultados tan brillantes que todos mis
profesores quedaron asombrados. Empecé a trabajar como ingeniero
industrial, y en menos de 2 años ya era jefe de proyecto, con un
sueldo muy alto. Mientras tantos, conocí a mi mujer, una chica
atractiva de 25 años, hija de un rico industrial. Nos casamos, y nos
mudamos a la casa que su padre nos regaló, en la Moraleja. Ahora mi
mujer está embarazada de nuestra primera hija, que esperamos con
mucha impaciencia. Soy socio de varios clubes, conduzco un Ferrari,
tengo 2 Harley Davidsdon originales y mis amigos, decenas de amigos,
literalmente pelean para que salga con ellos. Y todo esto sin olvidar
los 3 libros de poesías que escribí en estos años, y que ya están
traducidos en 4 idiomas. En fin, soy un hombre de éxito, un ganador
que pasó de ser mileurista y vivir en un piso compartido, sin amigos
ni novia, a un ingeniero con un sueldo de varias decenas de miles de
euros al mes, una mujer estupenda y una vida social envidiable.
Con
mi mujer comparto todo, entre nosotros no hay secretos. Lo único que
dejo para mí son las primeras horas del domingo por la mañana. Cada
domingo de estos últimos 7 años no he faltado nunca a esa cita. Mi
mujer no me hace preguntas, porque no tendría sentido: ¿qué puedo
hacer de mal un domingo por las mañanas? Le agradezco la confianza,
y cada semana me despierto pronto, me afeito, desayuno bien, cojo mi
moto y voy a verle. Todos los domingos, sin saltarme ninguno. Se lo
debo, al fin y al cabo si está así es también culpa mía.
En
la casa de reposo ya me conocen, y soy bien recibidos por todos los
enfermeros. A veces, me encuentro con sus parientes: sus padres, o su
ex-mujer, que después 3 inútiles años de espera pidió el
divorcio. Por lo que sé, ahora vive con un albañil en algún lugar
cerca de Toledo, pero de vez en cuando se desplaza hasta aquí, hasta
la Casa de Reposo de La Virgen Purísima, en Las Rozas, para saludar
a su ex marido.
Una monja me conduce hasta su habitación, abre
la puerta y me deja entrar. Él está allí sentado, la barba larga,
la eterna sonrisa dibujada en su cara, la mirada perdida en el vacío.
Nada más entrar, con la voz tranquila de siempre me dice:”Muy bien
Francisco, hasta la próxima semana”. Me siento delante de él, le
pregunto”¿qué tal está? y me digo que es difícil reconocer en
este hombre marcado por el paso del tiempo, este hombre de aspecto
descuidado el Doctor Delacuadra, tan enérgico, tan lleno de vida y
de vigor hace unos 7 años. Ahora está allí sentado todo el día, y
las enfermeras tienen que darle comida, sino se dejaría morir de
hambre, y tiene que acompañarle a hacer sus necesidades, o ayudarle
a acostarse en la cama. “¿Como está”, le pregunto, pero él no
contesta nada. Quedamos un rato en silencio, después de repente él
dice:”Sí gracias, y la sopa con trocitos de pan, por favor”. Le
miro y sonrió, pero no puedo evitar de sentir una angustia interior,
ya que sé que todo esto es por mi culpa. También el Doctor Dela
cuadra, con su desconfianza, tiene su parte de culpa, pero el más
culpable soy yo: el precio por mi éxito y mi paz interior fue la
cordura del doctor. O por lo menos esto es lo que parece. Yo tengo
otras ideas, y creo que son las correctas. Los médicos le han
diagnosticado una esquizofrenia incurable, cuyas causas son
desconocidas. El domingo 1 de mayo por la mañana estaba en plena
salud, y por la tarde tuvimos que llevarle a un hospital bajo shock,
y desde entonces vive en su mundo interior, y no parece capaz de
relacionarse con el mundo exterior.
No es así. Yo lo sé, y a
menudo recuerdo esa charla que tuvimos en su despacho, hace ya 7
años. El me dijo que tenía que olvidarme de mi pasado, y yo le
contesté que el Yo de una persona no es una entidad aislada, sino la
suma de todos los Yo que hemos sido a lo largo de nuestra vida.
Tristemente, yo estaba en lo correcto, y el Doctor Delacuadra no. El
pensaba que el Yo de una persona es algo aislado, que vive en un
“ahora” y, que si se quiere, se pueden cortar los lazos con los
Yo pasados y empezar una nueva vida. Ese día 1 de mayo en el Parque
del Retiro, todos los Yo que había sido durante mi vida, se
encontraban en el mismo lugar, tal vez porque esto estaba escrito en
el destino, tal vez porque en esa época estaba tan desesperado que
inconscientemente llamé a mis Yo pasados para que se dieron cita en
ese lugar, a esa hora. No puedo explicar porque pasó justo a mí,
pero lo que sí sé es que nada más coger en mis manos el bebé,
cerré un circulo: mi Yo actual volvía a encontrarse con mi Yo
primigenio, el Yo que acababa de ver la luz; y allí estaban todos
los otros Yo, y una vez cerrado el circulo mis fantasmas del pasado
desaparecieron, y los que nació, o volvió a nacer, fue un Yo nuevo,
un Francisco que ya no tenía miedo de su pasado y podía mirar con
esperanza al futuro. El primero de mayo de 2008 me hice fuerte, y
olvidé mi soledad, mis miedos, mis pesadillas: todos los fantasmas
del alma desaparecieron, y el Tiempo cerró su círculo y pude
empezar una vida nueva. El Doctor de la Cuadra me estaba tocando, ya
que su mano estaba apoyada en mi hombro; y esa luz tan intensa, el
resplandor del Tiempo que se concentraba en mí para que pudiera
absorber y aceptar mis Yo pasados, le atropelló con tal fuerza que
su mente se quedó atrapada para siempre en el infinito remolino del
Tiempo.
El Doctor de la Cuadra de repente dice:”Me gusta tu
idea: mañana iremos a dar un paseo” , y yo sé que no está
delirando; más sencillamente, está contestando a una pregunta que
su ex-mujer le hizo esta misma mañana, o un año antes, da igual. La
mente del doctor está atrapada para siempre un limbo donde ya no hay
distinción entre ayer, hoy y mañana. Él ve todo lo ocurrido, lo
que ocurre y lo que ocurrirá, como si el Tiempo no fuera un túnel
cuyo final nadie puede ver, sino una pantalla luminosa que se
proyecta sobre una pared. Él es un espectador, y en esa pantalla
puede ver su infancia, su estado actual, su futuro, hasta el día de
su muerte. De vez en cuando, nosotros, los que estamos caminando aún
en ese río llamado Tiempo, le decimos algo, pero estas palabras son
como manchas negras en esa pantalla que él ve; y él contesta, pero
siguiendo una lógica temporal que no es la nuestra. Él ve lo que le
dirá la enfermera esta noche, él vio lo que le dije al entrar a su
habitación, y él ya sabe que dentro de poco una monja entrará en
la habitación y le preguntará si quiere tomar una sopa de ajo.”
Sí gracias, y la sopa con trocitos de pan, por favor”, ya contestó
a esta pregunta, y ya se despidió de mí. El Tiempo para él es algo
estático, su mente contempla continuamente esa pantalla, y ya no
interactúa con nosotros porque para él no tiene sentido: él sabe
lo que va a pasar, sabe lo que nos espera en el futuro, y su mente
está atrapada en un Ahora eterno, contemplando todas las cosas que
fueron, son y serán. ¿En su vida? Esta es mi gran pregunta. Si así
fuera, su visión sería muy limitada, unos 80 años, como máximo.
Es tarde, salgo de la habitación y saludo al doctor. No espero su
respuesta, él ya me la dio:” Muy bien Francisco, hasta la próxima
semana” dijo nada más entrar, y sé que dentro de diez minutos,
mañana o dentro de diez años contestará a la pregunta que le hice
al principio:”¿Qué tal está?”. Para mí, diez años son una
eternidad; para él, atrapado por error en el implacable remolino del
Tiempo, son algo que ya puede contemplar.
Saliendo, me cruzo con su ex-mujer. Llora, y dice que cada vez le ve peor. Yo digo que no, que pronto se recobrará. Ella me da la gracias y se va. No le explico lo que pasó a su ex-marido, porque no lo entendería: a veces, incluso a mí cuesta creerlo.
Afuera hace un buen día de verano, y por un instante siento lástima hacia ese hombre sentado en la habitación, aislado para siempre de la humanidad, preso en su Tiempo que ya no conoce reglas. Pero sé que no tengo que sentir lástima para él. Si voy a verle cada semana, es porque por un lado le envidio. Yo vivo mi vida al día a día, y no sé qué me espera a la vuelta de la esquina: un accidente de tráfico, un choque mortal, o un tranquilo paseo hacia casa? Yo fluyo en el Tiempo, mientras él ve todo y sabe todo. Estoy convencido que un día el doctor De la cuadra podrá ir más allá de los límites de esa pantalla luminosa que su mente observa a diario, y descubrirá el Gran Secreto que se esconde más allá del límite del Tiempo. Verá más allá de su Muerte, verá lo que hay en esas praderas donde ningún ser humano se adentró jamás, vencerá las barreras del Tiempo. Ese día saldrá de su estado catatónico, y será el Hombre Iluminado, él que todo sabe y todo ve, y 2000 años después del nacimiento del primer Hombre Iluminado, Jesús, habrá otro redentor que indicará el camino a la humanidad. Hasta ese día, todo lo que podemos hacer es esperar.
Enciendo mi moto, me pongo en la carretera y vuelvo hacia mi casa, a vivir esa vida tan exitosa que tengo, pero que sé que está hecha de pequeños instantes que navegan constantemente en el largo río del Tiempo; y sé que al final de ese río me esperan inevitablemente las terribles cascadas de la Muerte, el final del Tiempo y la disolución definitiva del Yo, ese ser tan frágil que, como las mariposas, vive un breve amanecer para enseguida perderse para siempre en la fría noche del Olvido.
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